martes, 16 de mayo de 2017

Una puerta que nunca encontré o la soledad de un escritor llamado Thomas Wolfe

Mi compañera de instituto y escritora, Luisa Pastor, me prestó hace unos días "La puerta que nunca encontré", de Thomas Wolfe. Fascinada por su prosa poética, Luisa me dio la oportunidad de leer este libro que devoré en pocas horas.

"La puerta que nunca encontré" es una novela compuesta por fragmentos y reflexiones acerca de lo que significa la soledad como lastre y condena para un hombre que comprueba en la modernidad una clase de destrucción personal y colectiva a causa de varios motivos.
La violencia de la ciudad como un lugar hostil desde su concepción, la apariencia y la hipocresía de las clases dominantes y la inexorable desaparición de los seres queridos son algunos de esos motivos que sumergen al creador en una clase de apatía hacia el mundo que solamente destaca en la belleza del lenguaje que Wolfe, como si fuese un orfebre, trabaja con suma delicadeza.
Obsesionado con los detalles de los objetos, con la rotunda vastedad de un paisaje que le fascina y ebrio de la capacidad poética del lenguaje, su prosa narrativa une experiencia de vida con experiencia creativa.
Su crítica a la burguesía y la añoranza del padre, por ejemplo, no dejan de ser metáforas de la incapacidad de la escritura para expresar la verdad, una verdad ética que atormenta a Wolfe cuando se ve superado por los acontecimientos de su entorno, pues las emociones y los instintos más bajos están supeditados al interés crematístico. Como se refleja en esta novela, los sentimientos parecen haber abandonado la propia esencia de los hombres, sujetos a las bondades aparentes de la Revolución Industrial y al fordismo.
Ante eso queda la soledad.
La única rebeldía es la soledad para la que no hay tales bondades. La soledad de la que habla Wolfe no es una soledad buscada.No es una soledad ociosa o hedonista, sino asfixiante, melancólica y abrumada por el hastío. El propio título de la obra no es otra cosa que un símbolo de esa búsqueda de la libertad personal, de las palabras exactas, de aquello que se aloja después de la vida y que, por miedo, por ese miedo humano, o por torpeza, no podemos cruzar. Ni siquiera encontrar.


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