lunes, 6 de abril de 2015

No existe la muerte instantánea, ni la muerte sin dolor, ni la muerte sin miedo



   Leo en el Facebook de mi Manuel Vilas que la muerte siempre es dolorosa y que nadie se atreve a exponer, por miedo y por política, qué traumas físicos sufrieron las víctimas del Airbus al colisionar con la montaña. Yo creo que también sufrieron, apreciado Vilas, y que algunos tardaron en morir y que sintieron el mayor de los desamparos y que recordaron entonces el sinsentido de nacer y de trabajar para no llegar a ningún sitio, para que repentinamente la vida sea sesgada sin petición propia. Tan solo porque a un copiloto, que se despertaba en mitad de la noche con pesadillas truculentas, se le fue la pinza desde hacía mucho tiempo y decidió inmolarse buscando la fama de Charles Manson.

   Pero no existe la muerte sin dolor. Los enfermos terminales sufren, los infartados ven qué no pueden hacer nada en instantes que deben ser eternos antes de caer en redondo. Nadie se libra del dolor a morir, sobre todo si te diagnostican mal de Alzheimer o que el tumor no es benigno, o si quedas atrapado bajo los escombros después de un tsunami. Porque queremos vivir para siempre. Estamos programados para vivir así, para reaccionar así, para amar así, creyendo que todo es para siempre. Por eso, los políticos se corrompen porque piensan que el dinero les tiene que durar para muchos años. Por eso, tenemos hijos porque pensamos que los veremos crecer y concebir nietecitos que harán la comunión de blanco inmaculado.

   He visto gente morir cerca de mí y, a veces, la lucha de las células por sobreponerse es tan brutal que sus cuerpos solamente quieren descansar, dormir, aunque no haya nada después de cerrar los ojos, aunque la oscuridad sea tan asfixiante que solamente el hecho de imaginarlo te lleve a decir como yo, algunas veces, que mejor sería no haber nacido.

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