domingo, 21 de diciembre de 2014

La banalidad del mal en la educación española

Los docentes somos culpables


Mi artículo en Mundiario sobre la educación y la docencia.


   Releo algunos textos de Hannah Arendt. Y no puedo estar más de acuerdo con algunas de sus tesis sobre el origen del totalitarismo. Busco analogías y el pensamiento que encuentro me parece siniestro por su claridad, pero necesario. ¿No soy ese docente que, obedeciendo órdenes de la Administración, estoy haciendo el mal sobre mis alumnos? ¿No soy ese profesor que, creyendo ejercer con criterio mi profesión, estoy contribuyendo a que el sistema siga siendo perverso e inútil? Los datos están ahí. No mejoramos. Ni siquiera la privada y la concertada que tienen demasiadas ventajas respecto a la Educación Pública.

   No quiero seguirle el juego a quienes legislan y burocratizan los programas educativos, pero los docentes nos resistimos a protestar con contundencia sobre los problemas del aula. El hartazgo no se manifiesta porque el sistema nos ha adiestrado a que creamos que somos los privilegiados de la sociedad y, por esa razón, no tenemos derecho a promocionar ni a reivindicar. Ahora veo más clara la reflexión de Hannah Arendt: mis esfuerzos y los de mis compañeros están sosteniendo una educación insuficiente y mejorable. El papelón de los profesores universitarios es todavía más maligno. La banalidad del mal en la Educación es clara. Nuestros alumnos son las víctimas de un conformismo organizado y sistemático que comienza en los despachos y se expresa en las aulas universitarias y en los institutos. Reconozco que yo estoy contribuyendo al mal, por mucho que intente evitarlo. Los docentes estamos paralizados, pero dormimos con la conciencia tranquila. Qué desastre.

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