lunes, 28 de julio de 2014

Leyendo unos cuentos de Von Hofmannsthal en un centro comercial



   Sin duda, las paradojas han definido lo contemporáneo desde el punto de vista científico y sociológico. Este axioma no está lejos de esas vivencias insólitas que uno a veces experimenta cuando se encuentra leyendo, por ejemplo, unos cuentos de Von Hofmansthal en un centro comercial abarrotado de quinceañeros y padres de familia.

   Mientras algunas cuarentonas se dedicaban a devorar montones de ropa en PRIMARK y H&M, mientras sus cónyuges seguían hipnóticos los cotilleos y cookies de sus pantallitas de móvil, encontré en el maletero de mi coche una selección de los cuentos de Hugo von Hofmannsthal. Así que, sentado en uno de esos sillones de atrezzo que IKEA ofrece a sus clientes junto a las salchichas de fécula de patata, me puse a leer con empeño. La marea de insomnes quinceañeras y chicos mob que se movía a mi alrededor nada tenían que ver con ese mundo de espejismos y ensoñaciones que el escritor alemán describía a través de sus atmósferas enrarecidas, dotadas de un aura espectral donde los personajes, obsesionados con el miedo a la muerte, son víctimas de su propia locura.

   Después de leer “La manzana de oro”, me dije que la vida es así de sencilla y contradictoria. Como la propia literatura. En este centro comercial (que me recordaba al interior de La Estrella de la Muerte) en el que manadas de niños pijos deambulaban con sus mochilas de Hello Kitty y pegados a sus móviles de última generación, me sentí completamente inútil, distanciado y ajeno a la realidad, al igual que esos personajes descritos histriónicamente por Von Hofmannsthal. Sin embargo, vibraba de emoción, no por la canción de Miley Cyrus que sonaba en el ambiente, sino por la emotividad de esos cuentos que, después de tantos años, conmocionan aún al profundizar en nuestra irracionalidad hermosamente humana.

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