sábado, 16 de noviembre de 2013

La patética debilidad de las relaciones de parentesco


Reseña | Fuente: Presunto Magazine

No había sangre. ¿Se lo imagina?…

   Lo que me sobrecogió de la novela Mi amor desgraciado fue esa ruptura con los convencionalismos que, por desgracia, rigen el criterio selectivo de muchas editoriales. Después de mucho tiempo, la escritura de una novela resurge con la intencionalidad de expresar, sin concesiones a la supuesta sensibilidad pusilánime del lector, la matriz de la psicopatía, revelando su insondable complejidad, su liturgia desasosegante de movimientos y encubiertos lenguajes.

      López Mondéjar reflexiona sobre la patética debilidad de las relaciones de parentesco donde el infanticidio se torna en una expresión significativa de la otredad, de un ser destructivo y autodestructivo que, en potencia, puede emerger, sin una patología escrita de antemano.

   La novela trasciende los espacios del entendimiento a través de la observación del comportamiento de Hélène, quien ha asesinado a sus hijos en una acción vengativa contra su marido. Pero López Mondéjar no se adscribe a una búsqueda racional, de causa y efecto, para comprender la psicosis de una de las protagonistas; al contrario, el logro de este libro está en la manifestación de las incertidumbres que supera la racionalidad de cualquier estudio: “La levedad de Hélène es perturbadora, ¿no es eso a lo que nos resistimos quienes la observamos?” (pág. 104).

     La homicida maneja la perversión a su antojo, sin una motivación aparente, aunque el lenguaje, su lenguaje revele, para ser comprendido, la cordura de un mundo desafectado que Hélène victimiza ante su confidente, quien ha abandonado a su marido y a su hija, para indagar las causas de su crisis de autoestima: “No sé nada de mi marido desde que dejé nuestra casa. Es extraño, pero ahora que estoy lejos encuentro en mi interior sentimientos de agradecimiento hacia él. Mi naturaleza está hecha de tal manera que cuando me siento contrariada soy incapaz de expresiones afectivas, (…)”. (pág. 117).

     El decadentismo que, con breves retazos, pero de gran intensidad cromática, describe la autora sobre la ciudad de París determina la crudeza de esa deriva de los personajes que el lector va administrando progresivamente hasta el final de la obra. Declara en un momento quien narra: “Desde que estoy en París tengo una experiencia diferente del viaje. Cuando me ausento de la ciudad, por poco que sea, un día, unos cuantos kilómetros, deseo muy pronto volver a ella. Antes nunca había sentido esa ansia de regresar a casa, de instalarme en un mismo sitio. Es como si aquí fuese más yo misma que en ninguno de los lugares en los que ha transcurrido mi vida” (pág. 209).

    Lo que me obliga a escribir sobre Mi amor desgraciado no es solamente la espontaneidad madurada de una arquitectura narrativa de notable complejidad, sino también la materia, el fondo, la esencialidad de dos historias entrecruzadas con un realismo parejo al de Shriver o al de Dostoievsky. La fisiología de la conducta se muestra con tal profundidad analítica que López Mondéjar supera los tabúes para concentrar, en la voz de Hélène, el declive físico y sensorial de la autodestrucción, pero también la constancia de la supervivencia y la inteligencia en la malignidad: “-Soy más inteligente cuando odio, todo el mundo lo es. Se necesita una buena dosis de ingenuidad para olvidar que los otros nos molestan, nos perturban sin que por ello podamos prescindir de ellos” (pág. 217).

     La ejecución de la fantasía de la homicida pone en crisis, en palabras de Schiller, el germen de los valores del hombre ideal. La belleza decadente del texto radica precisamente en ese psicoanálisis de la experiencia fatídica que la confidente analiza además en la Medea de Delacroix; esa obsesiva descripción de la pintura muestra con acierto la autenticidad, para la verosimilitud de la novela, no del crimen, sino de aquello que oculta, de la incomunicable pulsión que lo ejecuta y lo admite en una manera de vivir, a pesar de las consecuencias: “Antes de nacer mis hijos yo no había tenido ningún problema semejante. Antes de que ellos aparecieran era feliz, completamente feliz. Le tenía a él y eso me bastaba. No necesito a mucha gente. Pero ellos trajeron la amargura; desde que nació el mayor no volví a sentirme contenta, no experimentaba dentro de mí ningún tipo de alegría. ¿Usted puede entenderlo?” (pág. 225).

      En su estudio, Psicoanálisis de la experiencia literaria, Isabel Paraíso refiere que los significados de un texto resultan de esa síntesis interpretativa, de la transformación de la fantasía en una unidad que el lector encuentra coherente y satisfactoria. Mi amor desgraciado ejemplifica esa virtualidad de las interpretaciones a partir de una voz que vive también sumida en el fracaso de su vida, que busca, en París, un sentido literal de su existencia. Pero es, a través de sus conversaciones, con Hélène cuando descubre el sentido simbólico de otra existencia; aquella que pervive en su caída, arrastrando la vida de unos niños, aquella que prefiere, sobre todas las cosas, los estragos de los celos, la amenaza de uno mismo, el mal ajeno. Mejor vivir así, antes que claudicar.

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